miércoles, 13 de febrero de 2013

el muñeco de nieve que quería ser futbolista


Tiempo de contar un cuento...


Erase una vez un muñequito de nieve que vivía en el jardín de una familia con tres niños, a los niños y a los mayores de aquella familia les encantaba el fútbol, y cada tarde de domingo veían jugar a un equipo que vestía de blanco y lo pasaban fenomenal. El muñeco podía ver los partidos a través de la ventana, y cada día le gustaban más. Soñaba con ser uno de aquellos jugadores blancos que se dirigían a toda velocidad hacia la portería, regateaban a tres contrarios, remataban y “Goool”. Cómo le gustaría llevar uno de esos balones en los pies, recorrer el campo entero para marcar; recibir los aplausos del público, los abrazos de los compañeros, la palmadita en la espalda del entrenador…
Pero, el muñeco sabía que no podía moverse, su sitio estaba allí en el jardín, y sólo mientras hiciese frío. A veces se sentía muy triste, allí solito, bajo la nieve, o soportando el viento helador… hasta que  los chiquillos de la casa se agolpaban frente al televisor para ver el siempre emocionante partido.

Aquella tarde fue muy especial, hacía menos frío que de costumbre y lucía el sol radiante. Sabía que la hora del partido se acercaba, los chicos estaban muy emocionados, era un partido diferente porque el rival era de los más difíciles y hasta la mamá, que no disfrutaba mucho de aquel deporte, se había sentado frente al televisor. El estadio estaba repleto, la grada chillaba, los entrenadores se saludaron nerviosos, el árbitro silbó y empezó el espectáculo. Fue un partido emocionante, el mejor que había visto… los de blanco  lucharon, corrieron y marcaron tres goles. La familia enloquecía dentro de la casa, pero fuera sonaban bocinas, pitidos, cohetes,… en general el barrio estaba vibrando con aquel partido. El muñeco quería saltar, chillar y abrazar a los chicos en cada gol… pero estaba allí fuera empezando a derretirse con el calor. Ya le sobraba la bufanda y el gorro, cuando el partido acabó el sol aún calentaba. Los chicos emocionados con la victoria de su equipo cogieron un balón y salieron al jardín, ¡iban a jugar un partidito!

-          Vaya, el muñeco de nieve está justo en el medio, lo podíamos haber hecho en otro sitio- pensaban los niños.

El muñeco no lo podía creer, ¡iba a presenciar un partido en su jardín!

Los chicos  colocaron unas piedras como postes de las  porterías, y enseguida llegaron sus amigos para jugar, hicieron dos equipos, los de casa y los de fuera y empezó el encuentro. Los balones le pasaban alrededor, los jugadores tenían que regatear al muñeco para llegar hasta la portería… se sentía como si estuviera jugando, pero no podía participar:

-          ¡Pasa a la banda derecha!- pensaba el muñeco, mientras los chicos de la casa se equivocaban disparando desde el centro del campo.

No había manera de marcar, no había hueco. Sus chicos tenían que hacer gol, el muñeco iba con ellos, merecían la victoria, estaban jugando mucho mejor; pero el gol no llegaba…

Se estaba haciendo de noche, enseguida la mamá iba a parar el encuentro y mandarlos a bañar; una última jugada de sus chicos, roban el balón en el área contraria, pasan al centro, regatean a dos defensas y disparan… el balón choca en otro defensa, el rechace da en la cabeza del muñeco de nieve que rueda por el suelo, el balón sale disparado a gran velocidad hacia la portería y “Gooool”, ¡el muñeco ha marcado!, impresionante. Los chicos de la casa corren a recoger la cabeza del muñeco, la besan, la colocan sobre el cuerpo y entre abrazos gritan “¡golazo, golazo de nuestro muñeco de nieve!!!! ¡Qué bien colocado estaba!” Vibrante desenlace del encuentro.

Al muñeco le gustaría llorar de alegría, pero como es de nieve no puede. Es un día feliz para él, ¡ha cumplido su sueño imposible! ¡Es el primer muñeco de nieve futbolista del mundo!!!
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


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