¿Sabías que se puede enseñar a jugar al ajedrez a los niños desde los 4 años?

Cuando vio las figuras exclamó: “¡Son de chocolate negro y chocolate blanco! ¡Qué bonitas!”
En una sola sesión había aprendido el ajedrez como si fuese un cuento en el que había dos reinos con sus respectivos castillos que luchaban entre sí (los de chocolate negro y los de chocolate blanco), un buen ejercicio de creatividad. Los reyes partían cada uno desde su castillo, cuyas torres podemos admirar, y protegidos por su legión de peones. Les acompañaban sus alfiles y caballos. Ya sabía que las piezas partían de unas posiciones definidas que tratamos de recordar, un buen ejercicio de memoria visual. Los dos ejércitos se miraban enfrentados, cada contrincante elegiría uno.
Hasta yo, que en mi vida había jugado al ajedrez, sentí interés. Su padre comenzó a explicarle los movimientos que cada pieza puede hacer: los caballos son ágiles y saltan, el rey gordito sin embargo no puede moverse deprisa aunque sí en cualquier dirección. La Reina es más ágil, al igual que los alfiles, y aunque la vida del Rey es lo más preciado, la Reina juega un papel determinante en el desarrollo de la batalla.
El interés de la niña me llevó a recabar más información sobre el
ajedrez y la infancia, a ver si realmente me convencía de porqué enseñar este juego niños tan pequeños. Y asombrosamente descubrí la clave:
que el ajedrez es a la vez un ARTE, un DEPORTE y una CIENCIA. Es un arte milenario, cargado de historia y con un impresionante legado cultural; a la vez es la ciencia matemática hecha juego, y por último es un deporte en el que se puede competir. Esto no son pocas palabras, fijaos porque incluye en un juego todo lo que a veces buscamos para nuestros hijos: conocimiento, creatividad y deporte. Además de potenciar todas las capacidades intelectuales tiene grandes beneficios sicológicos, enseña valores humanos, despierta la imaginación, y todo ello sin dejar de ser un juego.
que el ajedrez es a la vez un ARTE, un DEPORTE y una CIENCIA. Es un arte milenario, cargado de historia y con un impresionante legado cultural; a la vez es la ciencia matemática hecha juego, y por último es un deporte en el que se puede competir. Esto no son pocas palabras, fijaos porque incluye en un juego todo lo que a veces buscamos para nuestros hijos: conocimiento, creatividad y deporte. Además de potenciar todas las capacidades intelectuales tiene grandes beneficios sicológicos, enseña valores humanos, despierta la imaginación, y todo ello sin dejar de ser un juego.
En una partida aprendemos mucho sobre la vida misma porque
tenemos que planear una estrategia, llevarla a cabo, valorar sinceramente
nuestras fuerzas y debilidades, y lo más importante APRENDER DE NUESTROS
ERRORES. Además debemos tomar decisiones propias, aprender a pensar por uno mismo, y eso
de enseñar a pensar no es un valor en alza en nuestros sistemas educativos; de
hecho suele ser el gran defecto aceptado de la mayoría de sistemas. Al deber
prever los movimientos del contrario conseguiremos desarrollar la intuición, se
adquieren además pautas éticas y favorece la inteligencia múltiple. Aprendemos
un lenguaje intrapersonal junto con otro interpersonal, desarrollamos la
capacidad de deducción y a través del cálculo afianzamos la toma de decisiones.
A la vez que desarrolla habilidades cognitivas tan importantes como la
inteligencia, la memoria, el análisis, la concentración y la agilidad mental. Y por si fuera poco es un juego barato, que permite la competición entre niños de distintas edades,
incluso entre padres e hijos. En definitiva, ¿le puedes poner algún pero?
Aunque lo mejor, lo mejor de todo, con diferencia, es que se cuenta como un
cuento de hadas… o como una novela… porque no es más que un juego de tronos…
Y te recuerdo
lo que pensaba Albert Einstein: si quieres un niño listo cuéntale cuentos de
hadas…
Encontrarás información y pautas para enseñar ajedrez a los niños en los siguientes enlaces:
Me acabáis de dar una gran idea, que bueno es veros de vez en cuándo. gracias, me encanta este artículo. No creo que pueda aguantar hasta que mi niño cumpla 4 años.
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